Hacia tiempo que Laura no caminaba por aquellas calles, de hecho cuando partió de casa aquel día, juró que nada la haría regresar por aquellos lados.
Ahora estaba allí caminando entre las baldosas que conocía casi de memoria. Puso un pie delante del otro y caminó en linea recta sobre la junta de las bandosas, mientras pensaba en silencio. -¿Por qué? ¿por qué a mi? -. No cabían dudas de que las cosas son como son y que son por alguna razón en especial, aunque aún no pudiera verla; Pero aún así, Laura no podía evitar preguntarse por qué.
Entro a la casa y se sentó cerca. Desde donde estaba podía mirarla. Clavo sus ojos en ella y en silencio dejó que cayeran sus lágrimas, esas que venía apretando fuerte en medio de la garganta.
Así, lentamente, fue enjuagando cada uno de esos dolores que guardaba. Todo parecía desierto de aquí en adelante y eso la hacía temblar todavía, pero se puso de pie y la besó en la frente, respiró hondo y dejó caer la ultima lágrima sobre su rostro.
Hay cosas que no podemos cambiar, que debemos aceptarlas así y ahora; pensó mientras cerraba la puerta de la calle. Miró por última vez hacia adentro y no tuvo el valor de cerrar del todo la puerta, sólo la apoyó para no poder mirar más a través de ella.
Laura dió la media vuelta y sin mirar atrás retomó el andar tambaleante sobre la junta de las baldosas. Así fue como se alejó de allí.
Y resultó que Manuel, no era el Manuel que Sofía había estado buscando. Y eso que ella no había llenado formularios, ni pedía muchos requisitos. Pero Manuel, no era ese Manuel, al menos por ahora. -Gracias por existir- le dijo después de besarlo en la nariz; se dió media vuelta y se fue pensando -No creo que jamás lo sea, pero al menos es un Manuel menos para encontrar al correcto- mientras arrastraba los pies por el pasillo.
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